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Mamerto Sánchez Cárdenas, Maestro de la Cerámica de Quinua

El maestro Mamerto Sánchez tuvo contacto con la cerámica desde muy pequeño. Empezó adiestrándose en el modelado de pequeñas piezas que luego serían utilizadas en las celebraciones que formaban parte del calendario de Quinua, como la fiesta de Nuestra Señora de Cocharcas, la celebración de la Semana Santa, los preparativos y celebración de la fiesta de la Navidad, la tradicional fiesta de la Acequia (Yarqa Aspiy) y otras más… Fueron sus primeras piezas pequeños vasos y platos y, más adelante, candelabros y porongos, entre otros objetos utilitarios.

Sin darse cuenta, se convirtió en discípulo de su abuelo Francisco y, en particular, de su padre, Santos, quienes afanados por completar los encargos y por cumplir con sus familiares y amigos, contaban con la colaboración del pequeño ayudante.

Ya sea junto a su abuelo o junto a su padre, Mamerto modelaba el barro a su manera, a su gusto, haciendo de estos momentos divertidos y espontáneos los primeros pasos del oficio que, hasta la actualidad, lleva adelante con gran entusiasmo y dedicación.

Fruto de su matrimonio con Justina Aparicio tiene ocho hijos, veintidós nietos y cinco bisnietos. Actualmente vive en Lima, aunque cada vez que puede se escapa a Quinua.

En esta ocasión, Mamerto nos recibe en su casa–taller de Ate–Vitarte. La sonrisa y la alegría son parte de su sello personal. A la pregunta “¿Cómo estás?”, viene su clásica respuesta: “Fregao, pero contento”. No se complica… nos acomoda y sigue con lo suyo: modela una iglesia típica de la cerámica de Quinua; una de las tantas que Mamerto “saca” de su imaginación; las hace sin moldes –como cada una de sus obras– y así, con orgullo, nos recuerda que ninguna de sus piezas es igual a otra, porque todas las ha hecho a mano, a pulso.

Se trata de una experiencia de encuentro con el “Maestro de la Cerámica de Quinua”, con quien se puede conversar y, al mismo tiempo, admirar cómo trabaja. Allí el tiempo parece detenerse, siendo trasladados a un espacio milenario donde el silencio ha copado el ambiente. En este escenario es posible imaginar a su padre o a su abuelo trabajando con el barro, recreando cada una de las historias que Mamerto nos cuenta de su familia y de su tierra.

Cada vez que puede nos aclara que él no trabaja en serie y que no copia, que él conserva el estilo y la tradición tal cual como le fue enseñada: desde el tipo de tierra, la mezcla con el agua, la textura, el modelado, la decoración y –aquí nos repite que “las pinturas son naturales, nada de óxidos y menos, acrílicos”–, la espera del secado –que no tiene tiempo exacto–, la preparación del horno con leña buscando la temperatura ideal y el horneado –que es toda una experiencia, pues hay que sacar las piezas en el momento exacto–. Todo este proceso está custodiado por Mamerto, quien con autoridad cuenta que así le enseñaron y así lo enseña él. Sus ideas tienen fuerza y mucha identidad, como aquella que dice: “antiguamente todo era cerámica, no conocíamos el plástico”, y “la arcilla es la de mi tierra; ésa es la mejor, es fuerte y especial para pulso, hay que acostumbrase a trabajar con ella”, y también: “la arcilla procesada es para molde, no para modelar”.

En cuanto a los colores, tiene una gama limitada que, sin embargo, es parte del sello tradicional de la cerámica de Quinua. Las pinturas, obtenidas de la tierra y de las piedras de su zona, son el rojo, el blanco y el negro.

En este contexto, no le gusta que le pidan en cantidad, porque él no es una máquina. En el seno de su hogar hizo sus propios toros–vasija, porongos, platos y vasos para los matrimonios y agasajos familiares, aprovechando para dejar claro que lo que se te invita te lo debes comer todo sin dejar nada en tu plato.

Aunque Mamerto es muy cuidadoso en preservar lo aprendido, esto no ha sido un obstáculo en sus propias iniciativas y creaciones. Sin embargo, aclara que no hay nada para inventar, pero sí para renovar y sobre todo para inspirarse. “De lo que uno ha visto, de lo que uno ha vivido, se conserva un recuerdo o un sentimiento que junto con la inspiración se presentan en una nueva obra. Así soñó con una de sus obras emblemáticas, el pavo real andino, majestuoso y colorido. También con la corte celestial que rodea a la bella Virgen de Cocharcas y las iglesias para los techos como signo de protección del hogar; las sirenas, los candelabros, obras que constituyen parte de su propuesta creativa y sello personal, donde lo decorativo y lo utilitario se sintetizan en las obras de Mamerto.

Mientras continúa avanzando con el modelado de la iglesia, reflexiona en voz alta: “Los trabajos hay que hacerlos lo mejor posible, y así el cliente también se queda contento. Pero eso sí, hay que hacerlo bien y cumplir rápido con los pedidos pensando en el siguiente trabajo”.

Habla con la autoridad de quien ha recorrido largos años de experiencias, historias y testimonios. Cuenta que él y su familia eran del campo y que, al poco tiempo de llegar a Quinua, le decían: “‘Lamedor de tierra’, ‘Manos con hueco’… yo no entendía por qué… pienso que criticaban porque no entendían. Yo no les respondía, sólo les decía ‘gracias’, porque discutiendo no se saca nada”. Mamerto ha sufrido de cerca las consecuencias del terrorismo. Perdió a uno de sus hijos y por ello se trasladó a Lima.

Manifiesta que nunca ha tenido interés por los premios, que le han llegado sin buscarlos, pero que siempre los ha recibido con mucha alegría y orgullo porque con ellos se reconoce a su querida Quinua. Una de sus grandes alegrías es el reconocimiento de la cerámica de Quinua como Patrimonio Cultural de la Nación el 15 de marzo de 2019. Su experiencia como ceramista le ha permitido conocer otros países y hacer contacto con otras culturas y otros artistas.

En la sencillez de su hogar recibió de sus padres el testimonio y las tradiciones cristianas. Es muy respetuoso de las celebraciones religiosas, en particular de la Virgen de Cocharcas, que se celebra el día de la Natividad, el 8 de septiembre. La “Mamacha Cocharcas” es la patrona, y Mamerto ha cargado la imagen en varias ocasiones. “Mi apoyo son mi fe y mi familia”, afirma con la certeza de siempre.

Sobre su experiencia en la transmisión de sus conocimientos, indica que “para enseñar es muy importante entender que nadie piensa como tú. Cada persona es y piensa diferente”. Dejar un legado es una de sus motivaciones principales. Así, afirma que lo que él aprendió y desarrolló no debe desaparecer. Por eso les ha enseñado a sus hijos y les ha insistido: “No hagan artesanía comercial, hagan obras únicas para que el mundo nos admire. Los animo a que trabajen a mano con paciencia, porque eso demora más, tiene su proceso y así se debe conservar”.

De esta manera, la artesanía de Mamerto está en Quinua y Quinua va con él donde él esté. Ésta es, precisamente, la experiencia que vivimos en nuestra visita a su taller en Lima. Gracias a las obras de Mamerto se conservan vivas muchas de las tradiciones de Quinua.

Mamerto es un apasionado por su trabajo y es feliz con ello. Cuando tiene trabajo, está feliz, y cuando no, se siente ajeno en su propia casa… como si no tuviera a nadie.

A la Patria Eterna

En horas de la tarde del 10 de abril, luego de recibir los auxilios cristianos, el gran maestro de la artesanía peruana, Don Mamerto Sánchez Cárdenas, partió a la Casa de Dios. Tal como lo indicó a sus hijos antes de partir, Mamerto fue enterrado en Quinua, con banda de músicos y con el color blanco, como signo de alegría en medio de la Semana Mayor, Pascua de Resurrección.


Mamerto Sánchez Cárdenas
Quinua, Huamanga, Ayacucho, Perú
*11 de mayo de 1942
+10 de abril de 2023